El brief llega un martes, con una nota de revista que pide tono nocturno y una fecha que no se mueve. En ese momento la paleta deja de ser una cuestión de gusto y pasa a ser una decisión que hay que sostener. Lo primero que hago es fijar la temperatura general: si la escena va a leerse como fría, cálida o mixta. Esa sola elección ordena todo lo que viene después, porque cualquier matiz que se salga del rango empieza a pelear con el resto.
Después viene el recorte. Tres o cuatro matices alcanzan para casi cualquier pieza editorial, y cada color extra que agregás es una variable más que el cliente puede pedirte que cambies. Asigno roles claros: una base que ocupa la mayor superficie, una sombra que da volumen y un acento que aparece poco pero se recuerda. Cuando el acento es coral, por ejemplo, conviene reservarlo para una zona concreta y no repartirlo por toda la ilustración.
En las revisiones el problema casi nunca es el color en sí, sino el contraste de valor. Un cliente que dice "no me cierra" muchas veces está viendo que el texto no se lee sobre el fondo. Antes de tocar la paleta, reviso la escala de grises. Si la pieza funciona en blanco y negro, el color es un ajuste fino; si no funciona, ningún matiz la va a salvar. Documentar cada decisión con una nota breve —por qué esta temperatura, por qué este acento— te da algo concreto que mostrar cuando llega el pedido de cambio a último momento.