El primer error de casi todos los que empezamos a cobrar es mirar la pieza terminada y ponerle un número por lo que "se siente" que vale. Ese número suele salir de comparar con lo que cobra otro ilustrador, sin saber cuántas horas le llevó realmente. La cuenta cambia cuando desglosás el encargo en etapas: boceto, entintado, color y ajustes. Cada una tiene su propio tiempo, y las correcciones casi nunca son proporcionales al tamaño de la pieza.
Pongamos un escenario ficticio para verlo con números concretos. Una ilustración de media página para una revista, con dos rondas de corrección. Si el boceto te lleva dos horas, el entintado tres, el color cuatro y cada ronda de ajustes una hora y media, ya son doce horas antes de contar la entrega de archivos y la comunicación con el editor. Si cobrás por pieza sin haber estimado ese total, es muy probable que termines trabajando por menos de lo que pensabas.
Los costos fijos también entran en la cuenta. Tableta, licencias de software, electricidad, internet, y ese porcentaje del día que se va en responder correos y armar propuestas. No hace falta un sistema contable complicado: alcanza con sumar lo que gastás por mes y dividirlo por las horas que realmente podés dedicar a trabajar. Ese número es el piso, no la meta.
Cuando el cliente pide "un precio aproximado" antes de tener el brief completo, la respuesta más útil no es un número suelto. Es un rango con condiciones: qué incluye, cuántas rondas de ajuste, qué pasa si el alcance cambia. Así la conversación sigue abierta y no quedás atado a una cifra que después no vas a poder sostener.