Un portafolio no es un archivo cronológico ni una vitrina de todo lo que sabes hacer. Es una propuesta: esto es lo que puedo resolver para vos. En esta entrada revisamos cómo agrupar piezas por tipo de encargo, cuántas conviene mostrar, qué hacer con trabajos antiguos que ya no representan tu estilo actual y cómo escribir los textos breves que acompañan cada proyecto. También abordamos el formato digital versus el PDF enviado por correo, con ventajas y límites de cada uno.
La primera decisión no es cuántas piezas incluir, sino qué querés que el editor entienda en los primeros treinta segundos. Si abre el enlace y ve diez estilos distintos sin ninguna nota que los conecte, va a asumir que no tenés criterio propio. Conviene agrupar por tipo de encargo: portadas, ilustración interior, tiras o piezas de personaje. Cada grupo con dos o tres ejemplos alcanza para mostrar método.
Sobre los trabajos viejos: si ya no representan tu línea actual, no los dejes "porque llevó tiempo hacerlos". Un portafolio es una selección, no un historial. Guardalos en un archivo aparte y mostralos solo si el cliente pide ver evolución. Los textos que acompañan cada proyecto deberían decir qué resolviste, para qué medio y con qué restricciones, en dos o tres líneas. Nada de párrafos largos explicando la inspiración.